sábado, 26 de diciembre de 2009

FUERZAS INVISIBLES: EL ANIMISMO


Según Edward Tylor , que es el primero en señalar su importancia, el “animismo” es el estadio original de la evolución religiosa. Según la concepción animista, el mundo estaría poblado de seres que habitarían los objetos, las plantas, los animales y los hombres.

El sucesor de Tylor en la cátedra de Oxford, Robert Ranulph Marett (1866-1943) ha criticado los análisis de su maestro a propósito del animismo. Los primitivos, asegura, no creen ni más ni menos que nosotros en los espíritus: tienen solamente tendencia a tratar los objetos como si tuvieran vida.

Muchos pueblos primitivos, desaparecidos o aún existentes, pueblan el mundo con un infinito número de seres espirituales, benéficos o maléficos, a los cuales atribuyen la causa de todos los fenómenos naturales, y por los que creen animados, no sólo el reino animal y vegetal, sino también el mineral, en apariencia inerte.

Así que el animismo es entonces la creencia de que no sólo las criaturas vivientes, sino que los objetos inanimados tienen vida y personalidad; estas personas sobrenaturales son consideradas como espíritus, fantasmas o dioses.

Los animistas creen también que los humanos poseen almas que pueden abandonar nuestros cuerpos, ya sea temporalmente, mientras soñamos, o permanentemente, cuando morimos, para transmigrar a otros hombres o simplemente vagar por ahí.

El animista tiene el sentimiento permanente de que una fuerza, llamada “mana”, hace irrupción en su vida no solamente en ocasión de esos momentos solemnes que son el nacimiento, la iniciación y la muerte, sino también en sus relaciones cotidianas con sus padres, sus semejantes, los animales y la naturaleza en su totalidad.

Cualquier campo está abierto al mana, que puede revestir formas extremadamente variadas según las circunstancias, los objetos y los seres para los que se actualiza. La palabra mana (equivalente al wakan de los sioux) se ha tomado de las lenguas malayo melanesias y es originalmente una interjección que expresa el sentimiento que experimenta el hombre frente aquello que le es exterior y que le seduce, que le asombra, que le aterra, que admira.
La noción de mana tiene un significado fundamentalmente religioso y mágico. El mana se conviene en una categoría de pensamiento y de percepción del universo.

Los amuletos son objetos con gran cantidad de mana utilizados para darle diferentes fuerzas al usuario, como protección, suerte, poder, entre otras.

El descubrimiento, a principios del siglo XX de la noción de mana en Oceanía suscitó un gran interés y numerosas discusiones entre los etnólogos. Particularmente facilitó el ímpetu del animismo. Puede colocarse en esta escuela de pensamiento a Emile Durkheim y Marcel Mauss , que consideran el mana como la forma primitiva e indiferenciada del alma moderna.
Dentro del animismo podemos encontrar centenares de hechizos y rituales, para diferentes tipos de cosas. A continuación presentaremos dos de ellos que han desempeñado un papel importante en los pueblos primitivos y se conservan aun, en parte en el mito y el culto de pueblos más avanzados.


1) Para perjudicar al enemigo: Es uno de los procedimientos mágicos más utilizados. Consiste en fabricar su efigie con materiales de cualquier naturaleza y sin que la semejanza sea requisito indispensable, pudiéndose también decretar que un objeto cualquiera constituirá una efigie. Todo lo que a la misma le pase, recaerá sobre la persona cuya representación constituye. Basta herir una parte de la primera, para que enferme el órgano correspondiente de la segunda. Esta misma técnica mágica puede emplearse también con fines benéficos y piadosos. Existe otra técnica, consiste en tomar algunos cabellos suyos, limaduras de sus uñas o pedazos de sus vestidos y someterlos a manejos hostiles o vejatorios. La posesión de estos objetos equivale al dominio de la persona, la cual experimenta todos los efectos del mal que se inflige a los mismos. Según los primitivos conocer el nombre de la persona o del espíritu procura ya un cierto poder sobre ellos.
2) Para curar una herida de arma: Para curar una herida basta con engrasar el arma que la produjo. Algunos labradores ingleses siguen aún, hoy en día, tal receta y cuando se han herido con una hoz, procuran conservar esta en un perfecto estado de limpieza, con lo cual creen evitar la supuración de la herida. (“Tótem y Tabú”, S. Freud).